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viernes 24, abril, 2026

La cruz y el imperio

Lo que conmemora en estos días el mundo occidental es el alma de su propia historia. Quiero decir que la Semana Santa constituye el triunfo de la fabulosa herencia judeo-cristiana sobre Occidente, un mundo opuesto por más de una razón al lejano mundo de Oriente. Religión, poder, progreso: las entrañas de Occidente, en lucha permanente contra el otro extremo. Este dramático choque de mundos y culturas hunde sus raíces en el pasado. Vamos allá.

El espíritu de la conquista dio saltos, animado por siglos de peligrosas aventuras. Roma, el imperio más duradero y asombroso que ha conocido la humanidad, hizo de la cruz una religión imperial, oficializada y propagada por los confines del vasto mundo sometido. La doctrina y la biblia llegaron al mundo hispánico, y le insuflaron ese apetito de grandeza a la magna conquista del nuevo mundo. La Iglesia, ya oficializada y romanizada, se lanzó a la conquista de nuevos y serviles adeptos, para hacer de Roma la meca de todas las religiones. De este modo se fundieron los poderes del cielo y de la tierra: la cruz redentora y el águila imperial. El paraíso y el infierno marcharon juntos, agarrados de la mano, y arrasaron pueblos, aniquilaron a miles de almas y crearon un imperio formidable. Eran las garras de la fe o de la muerte, a las que nadie escapaba: te sometías o te morías, así de sencillo. Eras católico o eras cadáver.

He dicho que los españoles llegaron con sus armas y con la cruz, ese símbolo universal de redención y poder absoluto. Claro, en manos de los conquistadores era un estandarte de muerte y sangre, más que un regalo de salvación. Así, los colonizadores llevaron a cabo una despiadada y espantosa carnicería de indígenas, todos masacrados por la superioridad del blanco europeo. No fue todo. Los españoles ejecutaron otra conquista no menos aberrante: el catecismo, la cristianización de los pobladores primigenios de estos pueblos arrasados. Los indígenas, considerados como seres animalescos, rústicos e indolentes, caían rendidos ante el poder demencial de la cruz, ya domesticados y avasallados.

Esos nuevos conquistadores procedían de otro mundo, lejano y mítico a la vez. Se creían cruzados redivivos, en lucha feroz contra los demonios indígenas, esos papanatas indolentes y holgazanes que apenas vegetaban rodeados de un paraíso virginal. Llegaron con la cruz a cuesta y la sembraron en estas tierras vírgenes y apacibles. Esa siembra cristiana y primigenia daría sus frutos, más temprano que tarde. Es más, desde el mismo ‘descubrimiento’ en 1492, los conquistadores se impusieron y dominaron a sangre y fuego a los pueblos que encontraron. Lo hicieron sin piedad, pero con maldad. Estaban cumpliendo una misión divina: eran los evangelizadores de almas condenadas al infierno y a las espadas. Claro, no pocos se sometieron y asimilaron las enseñanzas del bárbaro invasor, trocando sus nombres y su idiosincrasia. Guarocuya se volvió Enriquillo, ese cacique bravo y fiero que se alzaría en las montañas desafiando al imperio español.

Continuaremos…

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