Lo que conmemora en estos días el mundo occidental es el alma de su propia historia. Quiero decir que la Semana Santa constituye el triunfo de la fabulosa herencia judeo-cristiana sobre Occidente, un mundo opuesto por más de una razón al lejano mundo de Oriente. Religión, poder, progreso: las entrañas de Occidente, en lucha permanente contra el otro extremo. Este dramático choque de mundos y culturas hunde sus raíces en el pasado. Vamos allá.
El espíritu de la conquista dio saltos, animado por siglos de peligrosas aventuras. Roma, el imperio más duradero y asombroso que ha conocido la humanidad, hizo de la cruz una religión imperial, oficializada y propagada por los confines del vasto mundo sometido. La doctrina y la biblia llegaron al mundo hispánico, y le insuflaron ese apetito de grandeza a la magna conquista del nuevo mundo. La Iglesia, ya oficializada y romanizada, se lanzó a la conquista de nuevos y serviles adeptos, para hacer de Roma la meca de todas las religiones. De este modo se fundieron los poderes del cielo y de la tierra: la cruz redentora y el águila imperial. El paraíso y el infierno marcharon juntos, agarrados de la mano, y arrasaron pueblos, aniquilaron a miles de almas y crearon un imperio formidable. Eran las garras de la fe o de la muerte, a las que nadie escapaba: te sometías o te morías, así de sencillo. Eras católico o eras cadáver.
He dicho que los españoles llegaron con sus armas y con la cruz, ese símbolo universal de redención y poder absoluto. Claro, en manos de los conquistadores era un estandarte de muerte y sangre, más que un regalo de salvación. Así, los colonizadores llevaron a cabo una despiadada y espantosa carnicería de indígenas, todos masacrados por la superioridad del blanco europeo. No fue todo. Los españoles ejecutaron otra conquista no menos aberrante: el catecismo, la cristianización de los pobladores primigenios de estos pueblos arrasados. Los indígenas, considerados como seres animalescos, rústicos e indolentes, caían rendidos ante el poder demencial de la cruz, ya domesticados y avasallados.
Esos nuevos conquistadores procedían de otro mundo, lejano y mítico a la vez. Se creían cruzados redivivos, en lucha feroz contra los demonios indígenas, esos papanatas indolentes y holgazanes que apenas vegetaban rodeados de un paraíso virginal. Llegaron con la cruz a cuesta y la sembraron en estas tierras vírgenes y apacibles. Esa siembra cristiana y primigenia daría sus frutos, más temprano que tarde. Es más, desde el mismo ‘descubrimiento’ en 1492, los conquistadores se impusieron y dominaron a sangre y fuego a los pueblos que encontraron. Lo hicieron sin piedad, pero con maldad. Estaban cumpliendo una misión divina: eran los evangelizadores de almas condenadas al infierno y a las espadas. Claro, no pocos se sometieron y asimilaron las enseñanzas del bárbaro invasor, trocando sus nombres y su idiosincrasia. Guarocuya se volvió Enriquillo, ese cacique bravo y fiero que se alzaría en las montañas desafiando al imperio español.
Continuaremos…





