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martes 28, abril, 2026

Una mirada ácida al derrumbe de Bosch

Han pasado ya seis décadas y es hora de pasar balance crítico al zarpazo artero que derrumbó al gobierno del Prof. Juan Bosch. Ese año, 1963, trajo una catástrofe y un democraticidio. Las libertades públicas fueron despedazadas. Los militares se hicieron con el poder. La democracia acabó en un cenicero. Los avances zozobraron y se fueron a pique. El gobierno de Bosch fue un vértigo de siete meses y, aunque estrenó la democracia con apoyo masivo, populoso, su experimento culminó en tragedia. Las masas quedaron huérfanas y desamparadas; todo se volvió tinieblas a su alrededor. Se oscureció el horizonte nacional. Se ennegrecieron las voluntades. Se desvaneció la fe pública.

No quiero discutir ahora la incapacidad administrativa del profesor. No tengo humor para ello. Solo quiero reconocer que Bosch hizo un ejercicio diáfano del poder y trató de adecentar la oscura vida dominicana. Habló el lenguaje franco de la democracia. Predicó los valores democráticos. Sembró la libertad. Instaló un régimen decente y pulcro. Sin embargo, se reveló incapaz de superar las tormentas que lo echaron del poder. Su gran error: no tocar a los mandos militares, esa claque uniformada heredada del trujillato atroz. Esa herencia falaz se rebeló con alevosía, puso sus armas al servicio del pasado oscuro y produjo el pistoletazo del 25 de septiembre de 1963. Se derrumbó el frágil edificio de la democracia incipiente, y lo construido en esos meses efímeros se vino abajo como un castillo de arena.

Aunque todo sucedió así, debo adentrarme en el boschismo gobernante. Bosch, genio del cuento y maestro de las letras, estaba hecho para la literatura más que para la política. Su entrada a esta actividad fue casualidad, como un golpe de la vida. Él mismo confesó alguna vez que su pasión mayor era la literatura: a ella quería dedicarse con toda la fuerza de su talento, con todo su genio creador. Fue niño prodigioso y genial: a temprana edad devoraba literatura clásica -incluyendo El Quijote- y escribía piezas de calidad literaria. Es más, entregó al maestro Federico García-Godoy su primera obra: un libro de cuentos. Pero se incineró la vivienda y ardió en llamas la pequeña obra del niño inspirado. En otro momento, ya de adulto, cuando iba a redactar una carta, salió de su mente febril «La mujer», una viñeta clásica de la cuentística criolla. Fue el gran pintor de la realidad social y cultural del Cibao.

En 1933 se involucró -o lo involucraron- en un complot para matar a Trujillo y tumbar al régimen. Intento fallido. Bosch terminó encarcelado en la Torre del Homenaje, donde compuso La Gaviota. En la tenebrosa mazmorra de Nigua estuvo a punto de morir: cada vez más cadavérico y esmirriado, poco le faltó para exhalar su último suspiro. A esa altura de la angustia había derramado su talento literario en periódicos y revistas, y había publicado ya su primer libro: Camino real, en 1933. Dos años después, en 1935, lanzó su segunda obra: «Indios: apuntes históricos y leyendas». En 1936, «Mujeres en la vida de Hostos». Después de salir de prisión, se sumó al régimen con entusiasmo reeleccionista, y le dedicó al régimen su novela «La mañosa», donde brindó por el derrumbe de la montonera y la irrupción del orden faraónico impuesto por el nuevo tirano.

El profesor en el mando era un sacerdote moral que gobernó con la cátedra del civismo, y con un catecismo político: la Constitución de 1963. Fue su Constitución democrática, plural y abierta. Estados Unidos usó el territorio nacional para entrenar al general León Cantave y su cuadrilla de guerrilleros que buscaban tumbar a Papa Doc en Haití. Con el país vecino tuvo Bosch un fuerte encontronazo que por poco deriva en tragedia. Se movilizaron las fuerzas militares, desbocadas hacia la frontera, y sobre Puerto Príncipe cayó un chorro de volantes. El régimen haitiano estaba advertido y enérgicamente conminado. Fuerzas haitianas, ton ton macutes, penetraron a la embajada dominicana en Haití, en busca de un intenso opositor del régimen duvalierista. Lo hicieron con toda impunidad, violando así el derecho internacional. La respuesta diplomática -y armada- llegó en seguida. Bosch ordenó un despliegue urgente de tropas y efectivos, dispuestos a invadir si fuera necesario. El teatro no fue sangriento, acaso porque defenestraron al presidente-profesor.

El 25 de septiembre de 1963: fecha fatídica y nefasta. Ese día tumbaron la democracia, dándole un tiro de gracia.

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