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miércoles 29, abril, 2026

Una mirada a la Restauración

La Guerra de la Restauración, librada contra España entre 1863 y 1865, fue una epopeya histórica que tuvo al pueblo dominicano como protagonista estelar de esa revolución patriótica y de esa fiebre nacionalista.

Lo que principió como una rebelión antiespañola se convirtió en el potente Grito de Capotillo, que arrastró a las masas a una lucha denodada contra el ejército de la metrópoli. Miles de soldados españoles pisotearon la desdichada soberanía de la República.

Ese ejército imperial, estandarte ultramarino de la orgullosa corona española, se vio obligado a recular y marcharse ante la embestida furibunda de las tropas dominicanas, que a machetazo limpio lo forzaron al retiro. En efecto, lo que ocurrió fue un volcán social, político y marcial, que se propagó por los campos dominicanos como reguero de pólvora, sumando a su paso a una legión de campesinos y soldados maltrechos.

Los soldados españoles quedaron fulminados y, al final de una agotadora jornada de dos años, tuvieron que marcharse. Claro, antes de hacerlo trataron de herir el orgullo patrio, como no lo pudieron hacer durante la guerra. Querían envilecer el alma nacional, comprometiendo la soberanía y logrando un pacto leonino y cruel.

Sin embargo, el liderazgo restaurador no lo permitió. Así, el 11 de julio de 1865 se arrió la bandera española y se recobró el brillo de la nación, el pabellón tricolor volvió a tremolar sobre el firmamento de la República, y la soberanía nacional se levantó de su sepultura. El país renació y brotó con fuerza de sus cenizas. Pero la apopeya revolucionaria y asombrosa devoró a sus propios hijos: Saturno se sació en los jefes restauradores. Es lo que siempre ocurre cuando los intereses de unos pocos quieren arrebatar el derecho de la mayoría. Los hombres sin temple llevan por dentro el germen de la tiranía, para aplastar y arruinar a sus semejantes.

La ambición caudillista y sus facciones estallaron con energía y ennegrecieron el esplendor conquistado, envolviendo al país en la hoguera infame del fratricidio. Los destellos de la guerra se oscurecieron y la nación cayó en las garras de unos patrioteros ambiciosos. Buenaventura Báez, el mariscal antidominicano y pro-español, recogió lo sembrado: se aprovechó con maldad de los frutos políticos de la gesta. Se entronó el 8 de diciembre de 1865, después que José María Cabral lo trajera del exilio. No le valieron los escupitajos y las reprensiones del padre Meriño: se juramentó con altivez y gobernó con un espíritu aventurero y entreguista. Pero le pusieron frenos: Luperón, Federico de Jesús García y Pedro Antonio Pimentel sembraron un triunvirato y desconocieron a Báez, que nuevamente tuvo que morder el polvo del exilio.

Pero volvió para hundir al país en el abismo financiero: cometió un estupro contra la República, al negociarla y venderla sin piedad. En su sexenio perverso y alucinante (1868-1874), devoró a la nación con dos tratados: uno para su venta y entrega a Estados Unidos, y otro para enajenar la bahía de Samaná. Raymond H. Perry, Fabens, Cazneau: tres bandidos que participaron en esas negociaciones perversas y malignas.

En Báez se operó un cambio de visión y entreguismo. Le sucedió lo que sufren esos hombres sin escrúpulos que solo saben hacer daño y maldad. Para cometer sus fechorías son capaces de aliarse a las fuerzas más oscuras y demenciales, echando manos de cualquier pretexto en complicidad con agentes y potencias extranjeras. Ese presidente despiadado, dueño de una maldad pura y redonda, perverso y malicioso como pocos, con su espíritu alucinante vendió y sepultó la República, arruinó la soberanía y enterró el ideario patrio. La idea republicana e independentista era un fogón encendido pero pendular, que bullía en el pensamiento liberal, y a pesar de que oponía gran resistencia contra los despropósitos del baecismo, el caudillo perverso pudo vencerla y perpetuarse brutalmente en el poder. Ese hombre admiraba a Francia, el suelo de las libertades y la casa deslumbrante de sus estudios: allí alcanzó altos grados en Derecho. Después, siendo diputado a la Asamblea Constituyente en Haití, entró en componendas con el nefasto ‘plan Levasseur’ para poner a RD bajo el yugo francés, a cambio de recibir ayuda bélica y militar de esa potencia extranjera. Eustache Juchereau de Saint-Denys, el inquieto cónsul en Santo Domingo, era la cabeza de playa de ese plan sombrío y macabro.

Los entreguistas echaron a correr sus planes antidominicanos, aplastaron a los duartistas y se alzaron con el mando político. Pedro Santana, el monstruo de la nación, declaró «traidores» a los trinitarios y los despachó hacia el lejano e incómodo exilio. En esos primeros años, Báez fue un instrumento de la voluntad tosca y bruta de Santanta: estaba en sus manos, como un juguete político, pues sabía que sirviendo a sus intereses y solo con la ayuda de ese caudillo podría escalar hasta el solio. Así sucedió: lo escogieron como sucesor de la bestia y coronó su hambre de poder. En 1849 se juramentó por vez primera como presidente de la joven República, y si pudo completar su mandato de cuatro años fue por la protección avasallante del monstruo. En ese primer gobierno fomentó la educación rudimentaria, dotó al ejército de uniformes y armamentos franceses, despachó una incursión y un ataque militar en territorio haitiano. Sin embargo, no tenía las garras largas ni sólidas para zafarse del santanismo: estaba atrapado en el poderoso reino del hatero.

Eso llegaría más temprano que tarde. En 1856, al regresar a la silla presidencial, trastornó a la sociedad, creó su grupo de poder y, sobre las chispas de una guerra fratricida, se irguió como el gran caudillo rojo o conservador. Al año siguiente, el 7 de julio de 1857, estalló la contienda entre los burgueses-tabaqueros del Cibao y las fuerzas del baecismo, con un saldo trágico para ambos bandos. El enfrentamiento, desordenado y belicoso, desangró a la nación y trajo las funestas consecuencias de la Anexión a España, hundiendo a la República en los sótanos del abismo. Los burgueses-tabaqueros se sintieron engañados por las baratas y endebles papeletas de Báez. Los sueños napoleónicos del bravo general Juan Luis Franco Bidó no fueron suficientes para vencer al jefe conservador, que permanecía atrincherado en las murallas de Santo Domingo. Por esto, los líderes del Cibao mandaron a buscar a Pedro Santana y lo trajeron de su frío destierro. Así, el caudillo azul se puso al frente de las tropas, desplazó a Franco Bidó y asumió el mando absoluto. Después de largos meses de asedio sin tregua ni cuartel, la fuerza arrolladora de Santana venció y destronó a Báez, que corrió hacia el exilio desbocado. El poder total y absoluto recayó, otra vez, sobre el intrépido vencedor, que de inmediato devolvió la sede nacional a Santo Domingo, desplazando al valiente y espléndido Santiago. Las fuerzas políticas, sociales y económicas cambiaron de rumbo y produjeron un giro en las relaciones de poder.

Los vaivenes alocados de la frágil República favorecieron nuevamente al caudillo desterrado, y lo volvieron a encumbrar. El drama nacional era un choque de fuerzas en marcha, con actores que se movían según las precarias y rumorosas circunstancias. En ese marasmo histórico, dos fuerzas se definían con nitidez: los rojos conservadores de Báez y los azules liberales de Santana. Después de la Restauración, Báez se volvió a ceñir la banda presidencial, y se apoderó de él una fuerte admiración yanqui. Esto se debió, más que nada, a la pomposa visita de William H. Seward, el canciller estadounidense que vino al país y se reunió con Báez en enero de 1866. Al presidente rojo le llamaron «pan sobao», por su timbre de piel. Así, se trocó en él una ingrata transformación emocional y extranjerizante: la pasión por Francia se volvió admiración decidida hacia Estados Unidos, con una gringofilia a flor de piel. Admiró a yanquilandia y a las instituciones gringas. Durante su sexenio, como he dicho, negoció con los gringos, vendió a la República y se la entregó sin piedad. No fue todo: también hipotecó la soberanía nacional con un préstamo demencial e ingrato. Lo que siguió a esta historia espeluznante reclama otra mirada. Volveré.

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