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martes 21, abril, 2026

Un juego de caballeros

Fue una partida de caballeros, y no hicieron falta los insultos clásicos del pasado. Por esta ausencia de irrespeto y ofensas pareció insulso el debate: le faltó la chispa de la injuria y el resplandor de la irreverencia. Lo confieso: no miento. Pero se demostró con nitidez que la sociedad cambió: ya no es la misma de antes, cuando los presidentes se negaban a debatir y rebajarse, apoltronados como estaban en su vitrina de poder. Entonces flotaban sobre el bien y el mal: se creían seres alados, casi santones en el trono de la nación.

Repito: faltó el sabor de la injuria. La difamación en el país ha alcanzado categoría de Estado, y es una práctica demasiado añeja y cortante. Revive de tiempo en tiempo: es una de las plagas de nuestra política, tan difícil de desaparecer que todos la han usado. La sociedad vive metida en la malla de la chismopolítica y del bochinche barato. A la gente le gusta la comidilla, la saborea, se la vacila a diario. La calle es una divertida fábrica de ofensas personales. El cotorreo está por doquier: es la receta nuestra de cada barrio. La chismocracia

La chismocracia, sin embargo, se va derritiendo en el tiempo: atrás van quedando el chisme y la injuria. El debate es una arrancada feliz contra esa cultura siniestra. En ese fuego cruzado, los candidatos no echaron manos de injurias ni denuestos, no dieron golpes bajos, se comportaron como caballeros decentes y como campeones de la política. Aplausos para ellos. Por vez primera, reunidos en el mismo escenario protagonizaron un debate que, no por insulso, fue menos interesante. Me gustó: no miento, lo confieso. Fueron dos horas de intensas preguntas, respuestas y contrarréplicas. Me lo tiré de cabo a rabo: fui testigo mudo y remoto de esa noche histórica.

¿Que quién ganó? Esta pregunta no falta nunca: está clavada en el imaginario colectivo. En toda discusión, en todo diálogo tiene que haber un ganador: todo lo medimos con la vara doble de los vencedores y derrotados, campeones y vencidos. Es la cultura clásica del ganar o perder. En la intimidad del hogar sucede con la misma pasión con que lo vemos fuera. Anverso y reverso de la dominicanidad, el ganar-perder es cuestión de un gran honor; para algunos, eso representa la vida o la muerte.

Me resigno a jugármela: ofreceré una respuesta. La tengo a ras de papel, a boca de pluma, saliendo por el cañón de la tinta. La pluma es una lengua entintada: lo he dicho más de una vez, y si lo repito ahora es para que no se olvide luego. Los tres caballeros ganaron a su manera. Quizá uno más que otros. Pero ganaron todos. Apenas si necesito explicarlo.

Abinader fue el imán del debate, que ganó antes de empezar: por el simple hecho de someterse a un careo sin estar obligado a ello, ya ganó y, además, demostró que es un demócrata moderno. Nunca antes un presidente lo había hecho. No fue casualidad que estuviera en el centro del escenario, justo en medio de sus dos contrincantes, atrapando las miradas de millones de televidentes. No subestimó a sus rivales, como otros lo habían hecho en el pasado más reciente.

Leonel se consolidó como académico y pedagogo político. Estadista experimentado y fogueado, desplegó una riquísima experiencia de Estado y realizó un nuevo ejercicio de retórica electoral. Claro, ya no tiene el encanto de otros días, ni el poder mágico de la palabra que cautivaba y conquistaba adeptos con el solo timbre de su carisma. Es un perfume sin aroma.

Abel se puso a la altura de los dos estadistas. Al principio se le vio tenso y un tanto agitado, pero ese nerviosismo fue desapareciendo a medida que entró en calor y se metió en las llamas del debate. Sembró el camino de un horizonte promisorio. Fue una gran revelación. En realidad, él tenía poco que perder y mucho que ganar. Ganó a su manera. Ganó la democracia. Ganamos todos. Aplausos para ellos.

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