Muchas cosas a la vez, Juan Bosch es un cosmos en sí mismo y la cultura dominicana lo atesora como una de sus reliquias más sagradas. En la memoria histórica exaltamos al maestro de la política, admiramos al genio de las letras y rendimos tributo al gran humanista. El boschismo es una doctrina de factura liberal, que se inspira en los valores clásicos del humanismo para convertir a la sociedad en un hermoso sueño de liberación, justicia social, bienestar colectivo, desarrollo público: todo eso y mucho más animaron las ideas de Bosch, ese campeón de la decencia.
Dueño de un temperamento recio y explosivo, se volvía una tormenta personal y un ser obstinado, terco. Los berrinches del profesor iban más allá de un instante: se tornaban antológicos y eran una marca personal, su sello más original. Bosch fue boschista en todo, quiero decir, su propio correlato y su mismo alter ego: un espíritu único, singular, sin copias ni imitadores.
Ese hombre es la pieza más íntegra del museo moral de la República. Con su pureza sublime y su vestidura resplandeciente era un péndulo entre Hostos y Martí, y se veía a sí mismo como un semidios sobre el trono de la moral pública. Debo decir que su vida y su obra dibujaron un permanente afán de regeneración moral y sembraron un bellísimo catecismo de rectitud y pureza. Predicó la limpieza moral de la República. Encarnó el decoro. Creó, regó y defendió la semilla de la dignidad nacional. Dejó un credo de libertad y democracia.
En su imaginario intelectual no ingresó la inquina, ni la maldad. En su corto gobierno emprendió una cruzada contra la corrupción, esa plaga histórica que ha devorado los bienes de la nación y se ha robado el sueño de los infelices. Bosch quería devolverle al pueblo saqueado su riqueza y su dignidad. Claro, no lo logró por más de una razón; subrayo la más gorda: su incapacidad para gobernar a los jefes militares, esos groseros que lo irrespetaron, se burlaron del pueblo y derrocaron al régimen boschista. Así, se consumó un golpe de Estado artero y despiadado, que le arrebató al pueblo sus ansias de libertad y redención. Fue un democraticidio.
Con Bosch nació y murió la democracia.
A temprana edad el niño vegano, nacido en 1909, destapó su talento creativo y escribió piezas geniales. Desde entonces, leyendo a los clásicos (El Quijote y muchos otros), se descubrió a sí mismo y echó a correr como cuentista, primero, y luego como escritor redondo. Por su mente pasaron los clásicos de todas las épocas, desde Homero y Virgilio a Cervantes y Shakespeare. Los cuentistas más geniales fueron su comidilla diaria, de Andersen a Chéjov y a Maupassant. Fue maestro de García Márquez, admirador de Rómulo Gallegos, amigo de otros genios.
En él, la literatura está preñada de dimensiones sociales y culturales, y el campo del Cibao se despliega con todo su esplendor y ruralidad. Los cuentos de Bosch retratan la campiña y el ruralismo cibaeño, y son viñetas sociales, tanto como documentos de crítica y denuncia social. Están atestados de sensiblidad y fervor: le duele su pueblo, ese que despertó al reportero-cuentista que llevaba por dentro, y que le hizo crear La mujer, Los amos, Dos pesos de agua, La bella alma de don Damián y otras piezas que pertenecen a la mejor raza literaria de la dominicanidad herida.
Bosch trascendió en la cuentística, que acaso sea su creación más acariciada y su tesoro más valioso, y con el mismo ímpetu expandió sus alas y alcanzó otras dimensiones intelectuales. Así, buscó en la historia latinoamericana el origen de las desgracias de la región y, particularmente, de República Dominicana. Dos obras atrapan este afán: Composición social dominicana y De Cristóbal Colón a Fidel Castro: el Caribe, frontera imperial, un expediente histórico-crítico del continente, machacado por aventureros, filibusteros y otros perversos de igual calaña. Es un abundante recuento del sufrimiento histórico de lo que hemos sido y de lo que somos.
Seguiremos…





