Estoy convencido de que una estación del metro de Santo Domingo tendrá que llevar por nombre Eugenio María de Hostos, el padre de la educación moderna y científica dominicana. Es una falta de respeto a su memoria insigne que una parada no lo tenga todavía. Sufro esa ignominia. Sin embargo, como vivimos en el reinado de las injusticias, una más no haría la gran diferencia. Eso pensarían algunos, yo no.
Hostos, sabio y maestro sublime, fue el gran patriarca de la educación. No solo creó la Escuela Normal: también formó una conciencia patria y un ideal revolucionario y redentor. Enseñar para transformar. Educar para la acción transformadora, afincado en el rigor de los valores científicos.
Sus discípulos, soldados de la nación, se entregaban por entero a la tarea necesaria de educar para redimir. Eran un ejército de evangelizadores y transformadores en marcha. El Instituto de Señoritas, sembrado por la gran poetisa Salomé Ureña, se inspiró en el catecismo hostosiano. Positivista, científico y racionalista: los tres grandes rótulos del sistema pedagógico del maestro antillano. Solo lo empírico, la experiencia sensible, tienen valor: se pueden demostrar; el resto es desecho y pura superchería. Así, la escuela debe fundarse en la comprobación científica e inapelable de los hechos. No hay ángeles ni el fabuloso unicornio. La ciencia es el reinado de la materia. Las corrientes europeas resonaban con vida en ese sistema.
El hostosianismo tropezó con la oposición firme y brutal del poder. Quiero decir que fue asfixiado por el caudillaje político, ese que veía en la formación hostosiana una fuerte amenaza para sus ambiciones de mando. La religión hizo un parteaguas. El ensotanado Meriño y el implacable Lilís vomitaron el sistema hostosiano: era demasiado puro y potente para sus intereses. El ideario era quimérico y sublime: no podía sobrevivir en un medio violento y levantisco. Eso de tener un pelotón de educadores no iba bien con la tiranía de las armas. El liberalismo de Hostos, un traje grande para el país, se estrelló y acabó despedazado.
Así, hecho añicos por el régimen caudillista, se mantuvo como una utopía liberal y como un proyecto inalcanzable. Claro, no faltaron intentos fallidos de reanimarlo. Américo Lugo y sus nacionalistas acometieron esa nueva aventura intelectual, pero terminaron amargados. Los tumultos desatados por el asesinato de Lilís y la aberración imperial de 1916 dispararon la angustia de los liberales, que acabaron tragados por las fauces del trujillato. El régimen trujillista fue la aterradora tumba de liberales y conservadores: en sus garras sin piedad cayeron unos y otros.
Sin embargo, la idea seguía flotando cada vez más frágil y garbosa. Un pequeño grupo tenía la esperanza hostosiana, convertida en cenizas. Si la llevaban en su pecho, si la asumían como una exquisita ilusión, tenían que vivir la lisura terrible de los tiempos y la realidad cruda del trujillato.
El tiro de gracia llegó en 1954, cuando se firmó el infame Concordato. Trujillo se alió a su esposa terrenal y juntos celebraron una pavorosa unión matrimonial en el mismo altar de la Santa Sede. Eugenio Pacelli, el papa Pío XII, bendijo y santiguó esa alianza. La escuela hostosiana se fue al garete, hundida en el abismo: las aulas públicas pasaron al dominio religioso de los curas, y se volvieron un codiciado patrimonio católico. El Estado apadrinó esa infamia y esa aberración. Me lastima esa ignominia.





