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martes 28, abril, 2026

El XIX dominicano: la ficción de un pueblo

Ese año, 1916, trajo para Santo Domingo una catástrofe histórica: la aberrante ocupación militar de Estados Unidos. Esta tragedia, que duraría por casi ocho años, hunde sus raíces en el fondo de la historia patria, aunque algunos picos de ese pasado son nítidos y se revelan diáfanos.

El punto más escandaloso de esa aberración histórica reside en el gobierno de Buenaventura Báez (1868-1874). Este gobernante ambicioso y espurio tomó un empréstito de 420 mil libras esterlinas, en Inglaterra. De ese famoso préstamo Hartmont, sin embargo, con el correr del tiempo la desdichada República solo recibiría 38,095 libras esterlinas. Esta piñata endeudó sin piedad al país, comprometió e hipotecó el futuro de la nación, y la desangró tanto que el recuento de lo sucedido es una fabulosa historia de ficción.

Los gobiernos dominicanos caían como hojas secas: eran arrastrados por el viento despiadado de las revoluciones. Cualquier compadre se levantaba en armas y era proclamado general; a veces, eso sí, escalaba el solio presidencial y se volvía un presidente pintoresco. Las circunstancias eran caprichosas, en un medio inmensamente rural y pueblerino, sembrado como estaba de valores clásicos y tradicionales, donde el compadrazgo y la amistad eran sagrados.

Báez se vendió como mariscal a la corona española, pero recogió los frutos políticos de la epopeya de la Restauración. Por tercera vez se juramentó el 8 de diciembre de 1865, bajo una acalorada reprensión del padre Meriño, y cayó a inicios de 1874. En ese sexenio asqueroso firmó dos contratos ingratos: uno para la anexión o venta de la República, y otro para enajenar la bahía y península de Samaná. El primero fue rechazado por el ardoroso senador Charles Sumner. Pero el otro echó a correr con la suerte maravillosa de los antidominicanos. Barcos y marines de Estados Unidos se instalaron, pisoteraron ese codiciado territorio y sembraron allí la bandera de las estrellitas.

Sin embargo, ese presidente rufianesco fue echado del poder por Ignacio María González y sus «unionistas» de Puerto Plata. Estos conmilitones sembraron el partido verde, una malhumorada síntesis de intereses y colores políticos. González los acaudilló con éxito, encumbrándolos y haciendo de ellos una clientela fiel. Hizo más, pues canceló y anuló los contratos antidominicanos de su antecesor, y recobró la pureza de la bahía y península de Samaná. La presencia gringa se retiró, y el sol de la soberanía volvió a brillar sobre ese mancillado y deslumbrante territorio.

El brillo de Samaná no ocultaba los nubarrones que cubrían a González y su administración. Desde Santiago, el movimiento ‘la Evolución’ se levantó contra él y lo denunció por su manejo administrativo, amenazándolo con sentarlo ante Temis. El presidente prefirió caer. Capituló y renunció. Así evitó dar cuentas en la justicia. La silla pasó a la preclara pero aristocrática figura de Ulises Francisco Espaillat, que se juramentó el 29 de abril de 1876 y que solo pudo gobernar hasta el 5 de octubre de ese año: apenas cinco meses y una semana. Ese gobernante liberal y efímero se estrelló contra la sinrazón de militares y civiles, y acabó hecho añicos. La corrupción lo tumbó.

A pesar de su languidez crítica, la economía nacional dio señales de resurrección. Recibió el oxígeno dulce de la industria azucarera y empezó a levantar el vuelo. Por esos años se fundó en San Carlos el sonado ingenio Esperanza, obra de Joaquín M. Delgado, un cubano arrojado de su país a las cálidas tierras dominicanas. Los cubanos, en lucha imparable contra el decadente imperio español, llegaron en cantidades industriales y se asentaron en Puerto Plata, bañados por el inmenso Atlántico. Establecieron el sistema de cercado agrícola con alambres de púas. Crearon periódicos. Animaron la vida rural dominicana. Fueron protegidos por el gran Luperón.

La caída estrepitosa de Espaillat trajo males y desgracias, avivó la tragedia nacional y engendró más de una catástrofe. Se formó un consejo de poder que desgobernó por unas semanas. Van y vienen los presidentes. Regresa Báez al poder, en 1877. En septiembre de ese año se abren las bóvedas de la Catedral primada y quedan al descubierto los restos mortales del gran Cristóbal Colón. El padre Billini, Roque Cocchia y otros son testigos mudos: ante sus ojos aparecen más de 350 años de historia, y se quedan pasmados por esa aparición milagrosa y fantasmal. A Báez lo tumban de nuevo. Regresan el caos y la confusión.

Sin embargo, de esa barahúnda surge y se instala el bravo Luperón, con un gobierno provisional en su natal Puerto Plata. Es el 6 de octubre de 1879. De inmediato, despacha a su pupilo Lilís con la misión poderosa de ocupar la Capital y establecer allí el reinado del Partido Azul. Lilís cumple la encomienda a gusto, con entera satisfacción. Ha comenzado la dinastía de los azules, cubierta sin embargo por algunas sombras.

Su misión en Santo Domingo le permite a Lilís entrar en contacto con elementos del Partido Rojo. Se va volviendo una figura ambigua, teñida de rojos y azules: todo en uno, la síntesis de todos los colores e intereses. Va encumbrando su ego con el barniz de liberales y conservadores, y él mismo terminará como reaccionario progresista, negando los principios nacionalistas de su maestro y del Partido Azul.

A la fuerza trae el progreso, echa las bases materiales del Estado. Siembra el país de avances tecnológicos y de obras faraónicas. El ferrocarril, el teléfono y el telégrafo son apenas algunos adelantos deslumbrantes, que van cubriendo al país con su inusitada rapidez. Detrás de esa apoteosis material, y de los encantos soberbios del capitalismo, hay un abismo negro que va corroyendo a la nación. Las finanzas están exhaustas y consumidas por los gastos clientelistas del monstruo que gobierna. Lilís, la bestia negra del reinado dominicano, ha sembrado una dramática telaraña de espías y soplones, que le sirven a su voluntad impenetrable. La majestad del tirano se zambulle en penachos y bicornios, todos majestuosos y abigarrados. Esos vestuarios le dan un toque teatral y realzan su cinismo brutal. El hombre fuerte es un actor despiadado e implacable, que reina con la majestad de su poderío y con la lisura de su ambición.

El programa lilisista tiene dos corpiños: el terror de Estado y el oxígeno financiero extranjero. Se suceden los préstamos. Se acogotan las aduanas. Se entrega a otras potencias la soberanía. El país está encadenado y tiene que sufrir las funestas secuelas de su desenfreno histórico. Las garras del gran capital internacional absorben y revientan a la nación. La inestabilidad de un país tercermundista se paga muy caro. El precio es la enajenación nacional, que ata y compromete a más de una generación. Eso sucedió.

En principio, la Francia revolucionaria se lleva la mejor parte: su Caja de Recaudaciones (o Régie) se apodera de las aduanas dominicanas, y empuña esa entrada jubilosa de ingresos. Los compromisos financieros son agotadores y consumen las energías de la patria. La oposición es una ausencia: está encadenada, exiliada o enterrada. Las cárceles están abarrotadas. Se impone el silencio del terror: nadie se escapa de las garras del lilisato inmundo. Este régimen tiránico inspiró a otro. Pero eso amerita otra mirada histórica. Debo pausar.

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