Al fin fue proclamado con bombos y platillos morados. Fue una ceremonia espléndida y colorida, sembrada de promesas, acidez y orgullo. Abel Martínez ha visto coronado su hambre de grandeza, y la bendición le ha llegado después de un año como vencedor absoluto de una prematura convención disfrazada de consulta ciudadana. Hace un año que aplastó a sus rivales internos. Domínguez Brito, Margarita, Maritza cayeron bajo sus pies de plomo. De la Alcaldía ha conquistado la candidatura presidencial, y quiere más… mucho más. Animado por su apetito presidencial, quiere elevarse al último peldaño de la gloria, encaramarse sobre el pedestal del poder. Ha salido airoso y triunfante más de una vez: diputado, presidente de la Cámara menor, alcalde de Santiago de los Caballeros. Ha sido todo eso y mucho más.
Pero, esta vez, no la tiene todas consigo. La fortuna le cambió la cara, trocando su cálida sonrisa por una ingrata aventura. Así, Abel está luchando en un campo de batalla, moviéndose en un terreno pantanoso y resbaladizo que lo puede llevar al precipicio. En realidad él es un peón de otras manos, que detrás de la cortina mueven los hilos invisibles de las alianzas y los pactos con sus amigos de la oposición. Es una relación de amor-odio entre ellos.
Lo digo de una vez: con su estilo jovial y chabacano, en mangas de camisa y cherchoso, Abel es una síntesis de sus dos rivales: tiene la misma gesticulación y hace los mismos gestos y ademanes de su ídolo, Leonel Fernández; y, al mismo tiempo, se vende como nacionalista, populista y amigable, a la manera de Luis Abinader. De ambos tiene algo: la gestualidad retórica de Leonel y la cercanía populachera de Abinader. Es dos candidatos en uno, sin una identidad mayor que supere su obra municipal y su nacionalismo a ultranza. (Ese nacionalismo, por cierto, en ocasiones se torna antihaitianismo, y se ha aflojado últimamente frenta al cierre de la frontera, pues ahora pide reapertura de esa línea limítrofe.) Eso es, sencillamente, innegable.
Sin embargo, no tiene las luces intelectuales del primero ni el brillo presidencial del segundo. Abinader se ha creado un carisma desde el poder, casi una mitología mágica y fantástica a su alrededor. El carisma es una magia invisible, que rodea a ciertas personas como rodea un halo a un ser sagrado. Para mí es inexplicable ese imán que atrae y envuelve en misterio al dueño de semejante don. Sin embargo, hay personas que no nacen con él, pero que son capaces de crearlo y de anidarlo, andando con él y rebrillando su figura actoral. ¿Qué otra cosa es Abinader sino un actor populista y estelar?
En algún momento le llamé ‘el leoncito de Santiago‘. A Abel le llamé así. Hoy tengo razones para colgarle ese mismo mote. No despega con sus pequeños rugidos. Si en febrero perdiera la Alcaldía de Santiago, sería un revés brutal y aplastante: sus aspiraciones de mayo se desmoronarían como castillo de arena. Está pensando en un reacomodo poselectoral para ver el desempeño de las fuerzas políticas tras las elecciones. Los comicios serán dinamita para algunos y trampolín para otros. La suerte está echada, y no hay retroceso. El ‘leoncito de Santiago’ hablará esa misma noche de mayo, después de los resultados electorales.





