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martes 28, abril, 2026

El espíritu de la isla (II)

En la cuna del siglo XVII, cuando se produjeron las dramáticas devastaciones, Hernando Montoro arrojó el primer celo dominicanista y, con su furia rebelde, mostró ese aplastado mundo mestizo y moreno que fue demolido por los blancos españoles. Así, con su rebeldía a cuestas, acaudilló un sentimiento que no por incipiente era despreciable. Sin embargo, la indolente corona española despreció ese asomo criollo y lo aplastó con su política de tierra arrasada. Esto, ya lo he dicho, permitió que los enemigos de España se instalaran en esas tierras devastadas y protagonizaran una lucha de poderes imperiales.

Ese territorio asolado acogió a una legión de intrusos, filibusteros y bucaneros y otros aventureros que sentaron allí sus reales y que sembraron una colonia extranjera y antiespañola. El enemigo estaba en el otro extremo, instalado con sus hombres despiadados. Los esfuerzos por despojarlos resultaron estériles: se estrellaron contra la sinrazón y la ineptitud del régimen español. Claro, se despacharon expediciones y por momentos desalojaron a los intrusos, pero la ineptitud española no pudo instalar una guardia estable que pusiera freno a las incursiones de los bárbaros extranjeros, franceses en su mayoría. Estos forasteros estaban decididos a arrebatarle a España un pedazo de tierra. Solo querían un pequeño terruño colonial donde instalarse, para así ensanchar sus correrías y sus aventuras por el fabuloso mundo de esta isla tropical. Si al final lo conquistaron y se salieron con las suyas, se debió más a la incuria de España que a la grandeza de los forasteros, una partida de rufianes y pillos que tomaron el control de La Tortuga y se adueñaron del enclave occidental de Santo Domingo.

Esa franja fue una bendición para ellos: allí se sembraron e instalaron una contracolonia, bajo el régimen francés. Bertrand D’Ogeron y sus alegres secuaces fueron penetrando en masa, asentándose con toda impunidad y creando un enclave terrible, con huestes armadas y soldados implacables. Esas cuadrillas incursionaron más de vez, invadieron con furia la parte dominico-española y fueron enfrentados por el sentimiento embrionario e insepulto de la comunidad invadida. Eran una fuerte amenaza para la dominicanidad en pañales. Fue pasando el tiempo y la colonia se fue poblando con miles y miles de esclavos africanos, traídos con su mundo espiritual a cuestas, con sus ritos y sus ídolos. Vudú, magia, fantasías y rituales: en eso se convirtió la patria nueva de los negros encadenados y humillados, cuyo sudor empapó el suelo colonial francés y después haitiano. La colonia franco-haitiana se levantó sobre las cenizas de la esclavitud y sobre el sufrimiento de los negros. Represión y sangre, sudor y esclavitud: la herencia maldita de Haití.

Esa herencia fue un tablero por donde se desplegó un actor estelar y mágico a lo largo del tiempo: el vudú, ese rey oscuro de la oscuridad histórica de Haití.

Debo continuar, pero más adelante.

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