En la cuna del siglo XVII, cuando se produjeron las dramáticas devastaciones, Hernando Montoro arrojó el primer celo dominicanista y, con su furia rebelde, mostró ese aplastado mundo mestizo y moreno que fue demolido por los blancos españoles. Así, con su rebeldía a cuestas, acaudilló un sentimiento que no por incipiente era despreciable. Sin embargo, la indolente corona española despreció ese asomo criollo y lo aplastó con su política de tierra arrasada. Esto, ya lo he dicho, permitió que los enemigos de España se instalaran en esas tierras devastadas y protagonizaran una lucha de poderes imperiales.
Ese territorio asolado acogió a una legión de intrusos, filibusteros y bucaneros y otros aventureros que sentaron allí sus reales y que sembraron una colonia extranjera y antiespañola. El enemigo estaba en el otro extremo, instalado con sus hombres despiadados. Los esfuerzos por despojarlos resultaron estériles: se estrellaron contra la sinrazón y la ineptitud del régimen español. Claro, se despacharon expediciones y por momentos desalojaron a los intrusos, pero la ineptitud española no pudo instalar una guardia estable que pusiera freno a las incursiones de los bárbaros extranjeros, franceses en su mayoría. Estos forasteros estaban decididos a arrebatarle a España un pedazo de tierra. Solo querían un pequeño terruño colonial donde instalarse, para así ensanchar sus correrías y sus aventuras por el fabuloso mundo de esta isla tropical. Si al final lo conquistaron y se salieron con las suyas, se debió más a la incuria de España que a la grandeza de los forasteros, una partida de rufianes y pillos que tomaron el control de La Tortuga y se adueñaron del enclave occidental de Santo Domingo.
Esa franja fue una bendición para ellos: allí se sembraron e instalaron una contracolonia, bajo el régimen francés. Bertrand D’Ogeron y sus alegres secuaces fueron penetrando en masa, asentándose con toda impunidad y creando un enclave terrible, con huestes armadas y soldados implacables. Esas cuadrillas incursionaron más de vez, invadieron con furia la parte dominico-española y fueron enfrentados por el sentimiento embrionario e insepulto de la comunidad invadida. Eran una fuerte amenaza para la dominicanidad en pañales. Fue pasando el tiempo y la colonia se fue poblando con miles y miles de esclavos africanos, traídos con su mundo espiritual a cuestas, con sus ritos y sus ídolos. Vudú, magia, fantasías y rituales: en eso se convirtió la patria nueva de los negros encadenados y humillados, cuyo sudor empapó el suelo colonial francés y después haitiano. La colonia franco-haitiana se levantó sobre las cenizas de la esclavitud y sobre el sufrimiento de los negros. Represión y sangre, sudor y esclavitud: la herencia maldita de Haití.
Esa herencia fue un tablero por donde se desplegó un actor estelar y mágico a lo largo del tiempo: el vudú, ese rey oscuro de la oscuridad histórica de Haití.
Debo continuar, pero más adelante.





