22.2 C
Santo Domingo
domingo 19, abril, 2026

El espíritu de la isla (I)

lingalmanzar@hotmail.com

Allí, donde brilla con fuerza el sol de la patria, donde arranca la dominicanidad, está la puerta de la República. Es la frontera compartida, un espejo de doble cara custodiada por el gran Jano, el dios que mira a uno y otro lado. Unos pensarán en un nacionalismo ebrio o rancio, y me colgarán ese antihaitianismo que es más una enfermedad histórica que una defensa patriótica. Confieso el riesgo de mis ideas, imagino la aventura de lo que pienso. Sin embargo, hablo con el peso de mi conciencia, hundido en mi verdad sin mentiras ni tapujos: no tengo caretas, declaro mi defensa patria. Me acompaña un sentimiento diáfano, lejos de ese pasado ramplón y basto que se enseña. Soy, ya lo he dicho alguna vez, el último idólatra de la patria. Lo repito para que perdure en los anaqueles. Ése será mi epitafio, la losa fúnebre que cubrirá mi sepultura. Desde el más allá alzaré mis ojos sobre el horizonte sublime de mi terruño. Quiero ahora levantar mi voz, vituperar una nítida amenaza y endosar la soberanía en riesgo, al borde del abismo.

En mi alma no cabe el odio: estoy exento de sentimientos oscuros y de ataduras malditas. No miento. Haitianos y dominicanos son hermanos de la historia y del territorio: soy el primero en reconocerlo. Unos y otros son los siameses del Caribe: así les llamo con la fuerza inexorable del pasado. Es necesario dar una mirada al pasado para descubrir una historia de sobresaltos en común, y de un destino inseparable. Caídas y recaídas, una vez y otra vez, vaivenes: todo eso y mucho más ha sido la suerte ingrata de ambos pueblos. Por esa historia ingresan los actores extranjeros, unas potencias que meten sus manos, acomodan sus intereses y siembran dolor y sangre. No me van a provocar: lo advierto. Por ello no quiero discutir el origen puro -o impuro- de estos pueblos hermanos; tampoco voy a ingresar en las discusiones estériles del pueblo bovarista o del pueblo bastardo. No quiero cuchillos ideológicos.

Haití es un injerto forzado y un parto colonial. Esa siembra imperial en el corazón del Caribe estremeció el rumbo de la isla y de la región. Cuando llegaron, los españoles acometieron su conquista violenta y su exterminio masivo. En unas cuantas décadas no quedaban poblaciones indígenas: todas habían sido arrasadas o aniquiladas por el brazo implacable de los nuevos amos. Enfermedades, perros, agresiones, suicidios: todo eso diezmó y exterminó a los frágiles taínos. Así, el mundo mirífico de ellos fue sepultado y sobre él se superpuso otro, creado a imagen y semejanza de los fieros conquistadores. Religión, cultura, tradición: todo cuajó en una masa que, con el correr indetenible del tiempo, como en una marcha voraz, se formaría y daría origen a la nación dominicana. Los gérmenes, la semilla primigenia de ese pueblo hay que buscarlo en el primer asentamiento europeo: la llegada de Colón y sus secuaces, esos que quedaron en el Fuerte de la Navidad en 1492. Fueron unos noventa hombres que entraron en contacto directo, cuerpo a cuerpo con indígenas y mujeres taínas, y que terminaron asesinados por la fuerza brutal de los nativos. Esa presencia bautismal fue borrada de la isla, pero permaneció latente y vibrante por algún tiempo más, hasta que llegaron otros hombres blancos. El bautismo de fuego entre ambos mundos, además, se produjo en el «Golfo de las Flechas», donde la superioridad española venció a sus frágiles rivales.

Más tarde llegaría lo del Santo Cerro, en La Vega, y nacería una leyenda de grandes misterios y dimensiones invisibles; la virgen de la Merced expande su manto divino y con su gracia protege a los poderosos en contra de los infelices. La fe también aplastó a los indígenas: los poderes del cielo y de la tierra se confabularon para despedazar sin piedad a los nativos. Por esto, los indígenas de Caonabo y Hatuey aborrecían la gloria de los blancos: a ella no querían ir para no reencontrarse con sus verdugos en el más allá.

La conquista fue una fiesta de violencia y destrucción. Sobre las ruinas del mundo indígena se levantó otro, repleto de símbolos, ritos, tradiciones y mezcla de sangre. De esa síntesis de colores nació y se forjó la nacionalidad dominicana, con sus tres cruces a cuesta: la mágica de los indios, la cruda de los negros africanos y la impía de los blancos españoles. La dominicanidad es un arcoíris, quiero decir, el paraíso de tres mundos. El mundo indígena se desmoronó y dio paso al ingreso masivo de negros esclavos, que atravesaban el Atlántico encadenados y oprimidos, dejando sobre las aguas una estela siniestra de muerte y horror. Una vez en Santo Domingo, eran vendidos y tratados como bestias y animales. Con esas manos negras, con ese sudor de charol (como diría Cunito), se construyó esta maldición colonial.

Los negros llegaron con sus dioses a cuesta, trayendo sus músculos de acero para el trabajo pesado, pero también con un mundo de fantasías, ídolos ancestrales y prácticas mágico-religiosas. Al ser reprimidos y aplastados, tuvieron que camuflar y trasvestir a sus dioses, dándoles las vestiduras de los santos españoles. Así, Ogún Balenyó se volvió San Santiago, el poderoso hombre a caballo que, con su espada vencedora, va arrasando en los campos de batalla, en lucha feroz contra el enemigo; es el santo patrón de la gran España. Esa transmutación religiosa inyectó sangre espiritual al mundo invisible de los blancos, y aunque no evitó la cristianización brutal de indios y negros se quedó bajo los escombros del mundo colonial. Debajo de la dominicanidad hay un muerto vivo, sin enterrar: el sistema de creencias y prácticas de los esclavos trasplantados. Hay más: el mundo agónico e insepulto de los indígenas y sus areítos, juegos infantiles y bravos caciques. Repito: los españoles hundieron y derrotaron a esos mundos miríficos e inocentes, que todavía laten bajo la pretendida modernidad de la República. Así pues, el febril imaginario colectivo es una lucha permanente entre un vencedor vivo y poderoso, que reina en la superficie, y dos inframundos sociales que vibran y se estremecen bajo los escombros de otros siglos.

En Haití fue más vivo y potente ese mundo de esclavos. La herencia española es apenas un destello invisible en esa nación. Pedazo de África en el Caribe, ese país dibuja una riqueza negra de colores y fantasías. Fue también un juego de potencias, o un trasplante violento y colonial. España quería librarse de sus enemigos instalados en la parte occidental, y ejecutó las dramáticas devastaciones de Osorio en 1605 y 1606. Esos territorios arrasados con su ganado y sus gentes se volvieron una alfombra de intrusos. Desde La Tortuga, cuadrillas de bucaneros y filibusteros saltaron a tierra firme, invadieron impunemente y se asentaron en esas llanuras, encontrando animales salvajes y enormes escondrijos para perpetrar sus correrías. Esa islita -La Tortuga- fue el trampolín de la conquista franco-haitiana en la isla: allí se sembró el germen de la república negra de Haití.

Lo dejo hasta aquí. Prometo continuar.

spot_img

Últimas noticias

- Advertisement -spot_img

Relacionado

- Advertisement -spot_img