El alboroto escandalizó a la Ciudad Colonial y a más de un turista. Nadie pudo evitarlo. Los muchachos urbanos lanzaron un grito estridente de libertad. Claro, no era mayo del 68′, sino otra cosa menos feliz: el desorden a todo volumen, desquiciando el lugar con un frenesí violentamente juvenil. Fue una bacanal y una fiesta bullanguera. El ruido atronador llenó todos los espacios: calles, monumentos, edificios y reliquias históricas se inundaron con semejante barahúnda. La generación urbana, animada por un voraz deseo de viralización y popularidad, -que es una fama fantasmal-, invadió uno de los lugares más sagrados de América. Fue un sacrilegio y una profanación. La reliquia histórica que es la ciudad se volvió un carnaval y una locura.
Los muchachos de ahora no sueñan como los de antes. Según Mark Twain, es costumbre que los jóvenes sean incendiarios y después, ya cuando son viejos, se vuelven bomberos. En octubre de 1961, un inquieto grupo de jóvenes alcanzaron un clímax revolucionario e hicieron una fugaz y relampagueante revolución. Fue un éxtasis y una ilusión. Esos jóvenes rebeldes, inspirados en la hazaña de Fidel Castro y sus campeones de la Revolución cubana, tomaron la calle Espaillat, se atrincheraron y se declararon en libertad. Por un momento alcanzaron la gloria. Este fogonazo de liberación, sin embargo, fue despedazado y acabó hecho trizas.
Más de seis décadas después, la Ciudad Colonial fue profanada y alborotada por una generación de plástico. Esos muchachos están metidos en la malla de lo viral, enredados en los espacios virtuales, pensando más en un like que en un libro. Redes, sexo, libertad: los tres gritos de las nuevas generaciones de cristal, dueñas de una fama fantasmal y de una gloria barata. No sueñan como antes: se ha perdido el hambre de grandeza, dando paso a un delirante afán de riqueza y viralización. El like vale más que un libro.





