Una fantasía de palmeras, cañas de azúcar, postes de luz, partidas de dominó, mujeres haciéndose las uñas y rincones entre el Viejo San Juan y Nueva York —con su mercado (La Marqueta, como el de Harlem), su “Casita”, su barbería y una licorería que decía, simplemente, “Conejo”— sirvió a Bad Bunny de escenario para su deslumbrante consagración como icono de los hispanos en Estados Unidos y de los latinoamericanos en el mundo.