Es innegable que el lenguaje que se utiliza en algunas redes sociales y en varias plataformas de entretenimiento es vulgar, «explícito», grosero y, en el mejor de los casos, chabacano.
Las redes sociales, en todas partes, han crecido en base a los contenidos que le ofrecen a sus seguidores. Esos contenidos van desde los más cultos hasta los más asquerosos.
En el caso dominicano algunas cuentas de redes sociales y plataformas han crecido y se mantienen en base a contenidos de escaso nivel educativo, pero con una alta dosis de chisme, temas sexuales y de la intimidad de algunas de sus figuras, así como de insultos y las llamadas «malas palabras».
Desgraciadamente a millones de dominicanos les encantan esos contenidos de baja estofa y les aburren los contenidos educativos de calidad, que también son ofrecidos por muchos creadores, medios y comunicadores del país. Pero, esa predilección por la ordinariez se verifica en todos los ámbitos de la cultura, porque solo basta escuchar las letras de muchas canciones.
Las principales plataformas de redes sociales tienen una serie de «reglas comunitarias» que no incluyen la prohibición del contenido vulgar ni sexualmente explicito. Y no lo hacen porque la vulgaridad y lo sexual genera mucho más «tráfico» en muchas cuentas, lo que a esas plataformas les permite ganar mucho dinero por la publicidad que se coloca en ellas.
O sea, estamos viviendo la época del capitalismo mediático de la vulgaridad, ese al que no le importa la elevación moral y cultural de sus usuarios, lo que disfrazan con reglas que prohíben publicar fotos de armas, así como insultos raciales o contra la comunidad LGTBQI, lo cual consideramos necesario.
Y, digamos algo más: el grueso de la inversión publicitaria en República Dominicana se destina a las redes sociales, en gran proporción a las cuestionadas por su «contenido inapropiado». O sea, la vulgaridad es financiada en forma deliberada.
En muchos otros países con mayores niveles educativos, ese tipo de contenido vulgar no tiene muchos seguidores. Basta revisar las redes para constatarlo.
Pero, que más que anatemizar a productores de contenido que son un reflejo fiel del dominicano promedio y, sobre todo, del de muchos barrios marginados, debemos plantearnos en el corto y mediano plazo hacer una mayor inversión en la educación de nuestros compatriotas, en especial de jóvenes y niños. Y apoyar publicitariamente al comunicador o creador que hace contenido de alta calidad, que abunda.
Pero, debemos tener claras dos cosas: una que ese contenido vulgar siempre estará ahí, en las redes, en cada teléfono, tableta o televisor, porque es un reflejo de la degradación moral que nos abate. Y dos, que ese discurso vulgar no puede censurarse porque está cubierto por el derecho fundamental a la libertad de expresión.




