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lunes 20, abril, 2026

¿Por qué el Vaticano sigue usando humo para anunciar al papa?

Agencias.- En el Vaticano, donde los siglos pesan más que los megabytes, el acontecimiento más esperado del mundo todavía se anuncia con humo. Ni alertas de celular, ni comunicados por redes, ni un tuit con el nombre del elegido: solo una chimenea estrecha, una voluta blanca que se eleva hacia el cielo romano y un murmullo que se esparce por la Plaza de San Pedro como un eco sagrado: habemus papam.

Este miércoles comenzó el cónclave, ese mecanismo milenario que se activa cuando la silla de Pedro queda vacante. A contracorriente del vértigo informativo, la elección del nuevo pontífice sigue atrapada en un rito de siglos, casi inmune al paso del tiempo. Afuera, drones y transmisiones en vivo; adentro, silencio absoluto. No hay pantallas, ni celulares, ni filtraciones. Solo papel, fuego y un lenguaje simbólico que aún sobrevive en la cumbre del catolicismo.

La fumata blanca, emblema del consenso, es más que un gesto litúrgico: es una coreografía precisa de química, tradición y liturgia. Desde 1958 —cuando una nube gris confundió al mundo en pleno cónclave de Juan XXIII— el Vaticano perfeccionó su técnica: dos estufas, perclorato, resina y lactosa, todo para lograr un humo nítido, sin lugar a dudas. Blanco, sí. Negro, no. Así de simple. Así de poderoso.

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Lo fascinante es el contraste. Mientras los cardenales tienen cuentas verificadas en redes, su elección queda blindada bajo juramento, vigilada por sensores y bloqueadores de señal. La Capilla Sixtina se convierte en un búnker espiritual, ajeno al ruido del mundo, y durante unos días, el Vaticano se desconecta del siglo XXI por decisión propia.

Este año participan 133 cardenales, el mayor número en la historia de los cónclaves, provenientes de 70 países. Necesitan al menos 89 votos para elegir al sucesor de Pedro. Hasta que eso ocurra, si ocurre, el cielo será el único canal oficial. Y cuando el humo blanco aparezca, no solo se anunciará un nuevo papa. También se confirmará que hay gestos que resisten a ser digitalizados.

Porque mientras todo se acelera, el Vaticano se detiene. Y cuando finalmente se abra el balcón central, y el protodiácono diga en latín aquello de “gaudium magnum”, el tiempo volverá a correr, pero solo después de haberse rendido unos minutos ante la fuerza de lo simbólico.

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