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viernes 17, mayo, 2024

Mi pequeña gran aventura

El periodismo es una aventura diaria que se hace con pasión. Esto quiere decir, sencillamente, que el periodista es un aventurero que sale por las calles a buscar hechos novedosos para gritarle al mundo lo que pasa, contar la verdad y decir lo que sucede, sea bueno o malo: una masacre, la cura del cáncer…

He dicho más de una vez que el periodista debe tener la curiosidad de un filósofo y la sensibilidad de un poeta. Apenas si necesito explicarlo: el periodista cada día se vuelve un sabueso, casi un detective, se mete en los barrios, recoge las desgracias de la gente y los males sociales, muestra las injusticias y, por ello, se enfrenta al poder. En estas actividades, que se llevan a cabo con pasión e inquietud, no puede faltar una buena dosis de curiosidad y sensibilidad. Curiosidad es búsqueda incesante: olfatear y husmear las cosas, atraparlas a la distancia que se produzcan; sensibilidad -o solidaridad- es ese cemento humano e invisible que une al periodista con los infelices y hambrientos, con aquel que sufre un burdo atropello o busca un pedazo de pan.

El periodismo se hace -y se reinventa- todos los días. Es la gran aventura de la solidaridad y de la vida pequeña o grande, con su carga de emociones y sus eventos estremecedores. Así, el periodista se vuelve un fisgón avispado, husmea, capta y percibe la imaginación popular, da voz a las inquietudes de la gente, excava el alma de la sociedad. Es un cronista del imaginario nacional y un testigo vivo de la realidad cruda -y viva- de lo cotidiano.

Un poco de poeta, algo de filósofo y mucho de aventurero: eso es, sencillamente, un periodista. En su pluma -y en sus equipos de grabación- cabe todo: el miedo que acecha en la esquina, el sufrimiento de los infelices, la vanidad humana, las fantasías populares, los personajes de toda calaña, la indignación, la muerte… Las emociones ingresan en el mundo real -y a veces surreal- de los periodistas, y dan al reportaje o a la crónica su sabor más agradable o infeliz. El periodista está para decir la verdad y contar lo que pasa, sabiendo que el dolor de la mayoría puede ser la siniestra felicidad de unos pocos.

Frente a la realidad abrumadora de la vida, no puedes quedarte indiferente: las injusticias despiertan tus inquietudes y te dan una cortante bofetada en la cara; tienes que salir de la oficina, abandonar la sala de redacción, para ver y recoger lo que pasa. A veces es tan cruda la realidad que te parte el alma. Eso sucede, claro que sí, pero uno se lanza a la aventura con la esperanza de lograr un cambio chico, un mundo mejor. Eso es todo, pues el periodista no tiene la panacea del mundo, pero puede ofrecer una esperanza, ser el portavoz de una pequeña gran solución. El arreglo de una calle o de una escuela, la limpieza de una cloaca, son conquistas que pasan por la sensibilidad de ese vocero indignado -y a veces disimulado- que es el periodista.

El periodista es el último de los soñadores públicos. No puede callar el dolor de los demás. Si lo hiciera se volvería un ser insensible, vanidoso y complaciente: perdería el cemento de la solidaridad. Esto quiere decir que uno se va acostumbrando: el problema es cuando te acomodas. La complacencia marca el límite de la ética periodística: es lo que separa la solidaridad de la complicidad. De todas maneras, tienes que sorber con amargura -e impotencia- las quejas y el dolor de los demás, observas el drama de la gente y sientes tanta piedad que lloras con ellos. La pasión da un paso más y se vuelve compasión. Así descubres que la realidad es siempre más pesada y honda que las palabras.

El periodismo es mi pequeña gran aventura, esa que hago cada día con pasión, curiosidad y sensiblidad. Soy un aventurero del mundo, un mirón insaciable y un quijote de la vida. No miento. Este oficio, ya lo sabemos, es semiliteratura, pues se hace con las bellísimas herramientas que presta el arte literario. Puedo llamarle periodismo literario, ficción real o, tal vez, literatura sin imaginación. Lo que quieras. Lo cierto es que el mejor periodismo -ese que llaman de color- utiliza los insumos más brillantes de la literatura pura: con esos ingredientes se construye una historia estremecedora y se recrean los hechos con la misma intensidad que tuvieron al momento de ocurrir. La imaginación llena el vacío de la realidad. Por tanto, el periodista echa manos de la literatura para armar sus historias y revivir los hechos, más o menos como pudieron haber ocurrido. Como casi nunca está ahí cuando ocurren los eventos, absorbe los testimonios y otras evidencias, coteja todo eso y relata las cosas que sucedieron, de la manera en que sucedieron y como las recuerdan los que las vivieron. Sin embargo, siempre la realidad -los hechos puros y duros- será más fuerte que las palabras.

Mitad poeta, mitad filósofo, soy un coleccionista de sucesos y personajes. Poseo un álbum gigantesco de fantasías y realidades. Soy dueño de fantasías populares y sueños inacabados. Voy por el mundo social buscando novedades y ocurrencias de toda laya. Hace unos años inicié -con toda humildad lo digo- un género refrescante, casi un antiperiodismo: el ensayo noticioso o informativo. Fui hereje. Este género me servía -y aún me sirve- para dar cuenta de los hechos con elegancia: es una esbelta y deslumbrante combinación entre la forma y el fondo. Puedo ofrecer numerosos ejemplos. Quería yo -y sigo queriendo, ¿por qué negarlo?- imprimirle un sello distinto y original a mi arte periodístico. Para ello debía superar eso que llamo la fórmula DISA: Dijo, Indicó, Señaló, Agregó, esa sarta de verbos que se repiten una y otra vez, como actores empecinados que se niegan a desaparecer. Claro, es el periodismo más facilista: se mete la nota en el molde de la técnica, de donde -inevitablemente- saldrán las respuestas a los conocidos Quién, Qué, Cuándo, Dónde, Cómo, y si fuera posible, al extraño Por qué. (Esta gran interrogante es la frontera entre la ignorancia y el conocimiento. Por eso es tan difícil de responder.) Además, el periodista es un tipo -o tipa- que habla de todo y no sabe de nada. Es el gran pecado de una persona con derecho a penetrar en la psique colectiva, y en ocasiones a mentir. No miento.

Ling Almánzar
Ling Almánzar
Periodista y escritor. Papeles, documentos, crónicas: todo escritura; UASD, locución, televisión: todo comunicación.

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