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lunes 20, abril, 2026

Leonel y Danilo: ¿el abrazo de Judas?

Se hizo nítido el recelo que todavía anidan Leonel y Danilo, dos figuras machacadas por el ego y por rivalidades hondas, casi insalvables. El recelo se desplegó en un abrazo frío y distante: apenas se acercan y se envuelven en los brazos del otro, como tocándose y ya, mientras se mantienen a distancia y esquivan las miradas con más timidez que desconfianza.

Fue un abrazo patético, casi una ridiculez. Detrás de esos brazos entrelazados hay heridas profundas y llagas incuradas. La grandiosa amistad de otros días se ha roto en mil pedazos, hecha añicos por las malas lenguas y por la egolatría clásica dominicana. Ambos crearon facciones a su alrededor, rompieron la disciplina cerrada del PLD, se entregaron sin piedad a los denuestos de sus seguidores, y encabezaron rivalidades feroces.

La ruptura llegó después de largas décadas de lucha conjunta. Cada uno a su manera, Leonel y Danilo trillaron un camino difícil y se abrieron paso en la vida política, logrando construir un liderazgo fuerte y democrático. Discípulos de Juan Bosch. Cuadros estudiantiles. Aguerridos en la universidad. Formados para la praxis. Los satélites se alinearon a su alrededor.

Sin embargo, el tipo de liderazgo tenía más diferencias que avenencias: había más hiel que golosinas. La ruptura estaba al acecho. Leonel labró su propio destino político al lado del maestro, rodeado de un carisma deslumbrante que otros percibían con más sorpresa que admiración. Joven, carismático e intelectual, estaba llamado a suceder a don Juan tras superar enormes obstáculos. No fue fácil: tuvo que derrotar a sus rivales internos, esos dinosaurios petrificados que se creían con más méritos que el profesor y director de Política: teoría y acción. Más pudo la magia del carisma que los cuadros añejos del pasado.

En efecto, Bosch lo llevó como su compañero de boleta presidencial en 1994. De esa manera pagó una deuda moral con su talentoso discípulo. En 1986, al profesor Fernández le habían escamoteado una candidatura a diputado y cuatro años después, en 1990, el maestro le había prometido la Cancillería si ganaba las elecciones. Sin embargo, los comicios fueron un festival siniestro de vicios y artimañas del oficialismo, y la complicidad de sectores peledeístas terminó con otro triunfo del balaguerato atroz. Al escogerlo como su compañero de fórmula, don Juan lo ungió como el sucesor de su caudillaje histórico.

Así, Leonel venció. Se impuso y rebasó a sus contrincantes. El relevo estaba decidido. Sin embargo, el PLD no tenía agallas para derrotar al PRD, puesto que su doctrina creaba más temores que adherencias. El clero católico no ocultaba su rechazo y su ojeriza, a pesar de que el profesor dio un giro importante a su doctrina en 1990. Entonces habló de una posible privatización de empresas públicas. Se moderó y atemperó, pero su carácter seguía siendo tan explosivo y complejo como cuando gobernó en 1963. Los traumas de ese gobierno flotaban en la cerrada mentalidad de los sectores más refractarios.

En 1996 llegó el parteaguas. El ascenso de Leonel al poder fue un parto histórico, inesperado y doloroso. Los grandes cambios llegan cuando nadie los espera. Fue un golpe de suerte lo que encumbró al profesor e intelectual. Balaguer le cortó el paso a Peña Gómez, sacrificó a su propio candidato presidencial y, animado por resentimientos y prejuicios, encumbró a Leonel, en un Frente Patriótico que tuvo mucho de racismo y discriminación. Claro, la crisis postelectoral de 1994 -y los amoríos legislativos de peledeístas y reformistas- había deajado claro que ambos partidos eran más aliados que opositores, unidos todos por el mismo sentimiento contra el perredeísmo de Peña Gómez.

Danilo forjó con su pellejo un liderazgo campechano, más humano y, quizá por ello, más sensible también. Era un rebelde universitario, donde se dio el lujo de estudiar y no terminar Química; hasta plagió una tesis de grado. De todas maneras, se hizo economista de profesión y estratega político, a la sombra de su camarada, el líder carismático. Fue el jefe de campaña en 1996 y secretario de la Presidencia ese año y en 2004. En 1990 dirigió la Cámara de Diputados, tras un acuerdo velado con el reformismo. Fue surgiendo desde las entrañas del peledeísmo, y se abrió paso con fuerza hasta alcanzar la cima de la nación. Fue otro golpe de suerte. En 2000 perdió las elecciones presidenciales. En 2006 renunció como secretario de la Presidencia y calentó sus aspiraciones presidenciales: reuniones a granel, encuentros con sectores, formación de estructuras y equipos en todo el país. Al año siguiente fue aplastado y hecho trizas por el poder. El proyecto aún no estaba en su punto y debió esperar unos años más, hasta que prendió en 2012. Leonel le dio el gran impulso y lo entronó en la ‘silla de alfileres’. Prefirió al enemigo interno antes que caer en desgracia con sus colaboradores. Eligió lo ‘menos’ malo.

Lo que ha seguido es historia patria reciente en el imaginario político dominicano. No quiero repertirla porque el pueblo la recuerda muy bien.

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