Salud.- La fertilidad masculina atraviesa un declive global que durante años pasó inadvertido, mientras el recuento y la calidad de los espermatozoides caen a un ritmo que preocupa a la ciencia. A diferencia de la amplia atención que recibe el “reloj biológico” femenino, los hombres rara vez reciben advertencias sobre sus propios límites reproductivos o los riesgos que el ambiente moderno plantea para su capacidad de ser padres.
Especialistas insisten en que el factor masculino es tan determinante como el femenino, no solo en la posibilidad de lograr un embarazo, sino también en la salud del hijo a largo plazo. La periodista Jessica Grose lo resume así: “A los hombres, rara vez se les anima a pensar en su capacidad de tener hijos”. Esta falta de conciencia ha dejado el problema relegado a nichos de conversación, aunque la evidencia científica indica que el fenómeno es masivo y multidimensional.
Investigaciones lideradas por la epidemióloga Shanna Swan señalan a los disruptores endocrinos —presentes en plásticos, pesticidas y múltiples productos de consumo— como un enemigo silencioso que comienza a actuar desde la gestación. La exposición temprana a estas sustancias puede generar daños irreversibles en la salud reproductiva de los hijos varones, desde menor tamaño del pene hasta reducciones permanentes en la cantidad y movilidad de los espermatozoides.
El panorama se vuelve más alarmante con los datos: un metaanálisis internacional muestra que el recuento medio de espermatozoides cayó más del 50% desde 1970, con un descenso más acelerado después del año 2000. Este fenómeno no distingue fronteras y se observa en prácticamente todas las poblaciones estudiadas.
A esto se suma un factor menos comentado: el reloj biológico masculino. Aunque la disminución de la fertilidad en hombres avanza más lentamente que en mujeres, los especialistas coinciden en que la edad reduce la calidad seminal, aumenta la fragmentación del ADN de los espermatozoides y eleva el riesgo de complicaciones en la salud del embarazo y del hijo, incluyendo malformaciones y trastornos como el autismo. Según el doctor Sergio Papier, lo ideal sería tener hijos antes de los 45 años, aunque el ritmo del deterioro varía según la genética, la epigenética y el estilo de vida.
La lista de factores que agravan la situación es conocida pero persistente: tabaco, alcohol, drogas, mala alimentación y sedentarismo. Como resume el urólogo Michael Eisenberg, “todo lo que es bueno para el corazón es bueno para la fertilidad”. Reducir la exposición a microplásticos y preferir alimentos orgánicos puede ser un punto de partida, aunque el riesgo nunca se elimina por completo.
Los expertos coinciden en que el diagnóstico temprano es clave. El análisis seminal debería ser parte de los controles de rutina, incluso en hombres jóvenes, y repetirse con el tiempo. La criopreservación de esperma, mucho más económica y sencilla que la vitrificación de óvulos, aparece como una herramienta para detener el reloj biológico. Técnicas avanzadas de reproducción asistida y estudios genéticos también permiten seleccionar los mejores gametos y detectar mutaciones relacionadas con la edad del padre.
Sin embargo, la ciencia no puede resolverlo todo sin un cambio cultural. El estigma y el silencio todavía dominan el tema, y mientras los problemas reproductivos siguen recayendo socialmente en las mujeres, la mitad de los casos de infertilidad tienen origen masculino. Para Swan, el cambio pasa por incorporar la salud reproductiva del hombre a la atención médica básica, igual que las mujeres acuden al ginecólogo, y por impulsar políticas que aborden este deterioro de manera estructural.
En definitiva, el reloj también corre para ellos, aunque no suene tan fuerte. Y cuanto antes lo sepan, más posibilidades tendrán de proteger su capacidad de ser padres y la salud de las generaciones que vendrán.
(Fuente: INFOBAE)





